Érase una vez un tipo que no tenía ni media hostia

Érase una vez un tipo que no tenía ni media hostia

dimecres 02 d'agost 2017 - 14:30 a diumenge 03 de setembre 2169 - 00:00
Érase una vez un tipo que no tenía ni media hostia

 

Somos simios, pero simios que viven de una forma muy extraña y hacen cosas raras (Harry Jerison).

(Cuánta razón tiene don Harry. Somos más raros que un elefante rosa. Una imposibilidad imposible que contra todo pronóstico circula por ahí).

Mea culpa. En la anterior entrega sostuve algunas ideas muy radicales y descorazonadoras. Soy un provocador radical, y a estas alturas de la función me temo que difícilmente cambiaré. Por supuesto que todos podemos encontrar un sentido a la vida que nos satisfaga y tranquilice. Eso es correcto y, si me apuran, casi necesario.

Tras los rollos macabeos sobre la Vida y tal que les he largado, considero que ha llegado la hora de meternos con alegría en la Evolución del sapiens-sapiens, a partir de un ancestro común no demasiado lejano en el tiempo (unos 6 millones de añejos). A partir de ese tipo, tomamos las de Villadiego y desembocamos rápidamente en las especies claramente humanas. Hay algo, sin embargo, en lo que rumio frecuentemente: hay que hacer un acto de fe para aceptar que descendemos de un tipo al que llamamos ardipithecus kadabba, o por ahí.

(Observen en la imagen de arriba la jeta que gastaba el menda y díganme si lo reconocen como un padrí nuestro. Hay que echarle imaginación y fe en la ciencia para aceptarlo…).

Algunas cuestiones previas. La famosa pregunta referente a cuándo apareció el sapiens-sapiens, nosotros mismamente, no tiene sentido. El Sapiens no aparece de un día para otro, de la noche a la mañana: no se acuesta erectus y se despierta sapiens-sapiens. Nada de eso. El proceso de humanización es lento, y a veces abrupto, con estancamientos y errores, desviaciones y opera en tiempos muy dilatados, aunque con fulguraciones rápidas (Lorentz). Tras un periodo de calma evolutiva, aparecen en ciertas poblaciones mutaciones azarosas, pero que suponen una ventaja importante para la Evolución de una especie. Se trata de errores de copia en los caracteres y/o recombinación de los genes en la doble hélice del ADN. Y son precisamente esos errores de copia los que ponen proa hacia otra especie distinta: aparecen los genialmente denominados monstruos prometedores. Monstruos a ojos de sus papis; prometedores en tanto que evolucionan hacia otra especie con más ventajas: con mayor capacidad reproductiva, que es de lo que va la cosa: de parir como conejos para preservar la especie. Ves per on! Con todo, la cosa no está exenta de polémica. Todo en este campo es objeto de debate y los nuevos hallazgos de fósiles no simplifican las cosas, sino que las complican. Genetistas de reconocido prestigio, como Lanueza-Fox, señalan que definir especies dentro de nuestro género, el homo, es muy azaroso. Otros, como Coppens sostienen que solo ha habido una especie humana en 2.500.000 años, con diferentes variantes y niveles de crecimiento. Conclusión: ¡bienvenidos al follón!

El proceso de humanización implica cambios biológicos propios de la Evolución, mutaciones genéticas, Selección Natural, deriva génica, migraciones… Peeeero lo raro y trascendental es que esas modificaciones empiezan a ser interferidas por eso tan raro y alucinógeno llamado Cultura. La cultura es una realidad (sic) tan frágil que si una generación no la transmite a la siguiente, desaparece; y esta última volvería a un estado animal sin rastro de progreso. Retengan ese concepto, pues es relevante. Es decir, lo significativo en el Sapiens-sapiens no es solo su evolución física, que también, sino, y sobre todo, la cultural y los progresos mentales asociados. Y esto es lo radicalmente diferencial en el estudio de las especies humanas (ha habido varias, como veremos), entre las cuales la nuestra es la que más lejos ha llevado la imposición de lo artificial sobre lo natural. Quien olvide ese principio fundacional, no podrá entender nuestro duro proceso evolutivo.

Sam Kean (un tipo poco claro, todo sea dicho), pone un ejemplo de monstruo prometedor de tipo individual: Paganini seguramente sufría un trastorno genético que le doto de unos dedos monstruosamente flexibles; y eso explica su maestría con el violín. ¿Sí?

Más cosas. Ya mencioné en un artículo anterior los escollos que deben sortear los investigadores: pocos restos y fragmentarios -cuando más hacia atrás en el tiempo, más sequía de restos-, ausencia de testimonios escritos o de objetos muy significativos, problemas de datación, los eslabones perdidos, la eterna provisionalidad de los avances, la tremenda variabilidad de los grupos étnicos –halogrupos- pululando por ahí… En mi opinión, la Evolución humana es la ciencia que más cambios sufre. Cada nuevo descubrimiento, como he dicho, en vez de arrojar luz a la cosa, la complica más y desmonta certezas hasta entonces asumidas por todos.

Finis coronat pugna. La taxonimia, la clasificación de las especies que integran el género homo, es objeto de una polémica tan antigua como actual. La cosa es muy importante, ya que una clasificación determinada nos da un linaje u otro, con nuestros ancestros y tal. Un árbol genealógico u otro. Por tanto, hay distintas taxonimias, y cambiantes. Dicho esto, añado algo de mi humilde cosecha: hay numerosos especialistas que encasillan a las distintas especies humanas –ergaster, neanderthal, heidelbengensis…- en un saco llamado homínidos. En el pelotón de los tontos. Nada de eso. Falacia total. Un neanderthal, nean para los amigos, era un ser humano semejante a nosotros, con su olla bien amueblada, su sesera a todo gas, su cultura y su cosa. Queda dicho.

Creedence Clearwater Revival fue una potentísima banda que mezcló de manera inigualable el country estadounidense con el rock y el soul.

https://www.youtube.com/watch?v=_MqKttEyYKc&index=3&list=PLtzV2248lUVVwS3LSMsWlCBKZ2h4Gs8IP

 

 

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Sobre l'autor

Salvador Martínez. Jubilado inquieto y curioso, que se pasea por una de las más apasionantes fronteras del conocimiento humano. Ante notario ha dejado escrita la frase que debe esculpirse en su lápida funeraria: "Aquí yace un tipo que dedicó su vida a comprender este mundo y sus alrededores. Fracasó." Y otra debajo: "Es la primera vez que hago un viaje sin tener ni idea de adónde voy"
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