Bailando con partículas (4)

Bailando con partículas (4)

dilluns 28 de juliol 2014 - 22:15 a dissabte 22 de novembre 2014 - 15:15
Bailando con partículas (4)

MAGIA CUÁNTICA. (LA REALIDAD MÁS ALLÁ DE LA RAZÓN, 2)

 

Gato vivo y gato muerto

(En la bonita foto puede verse al formulador del numerito acompañado por un lindo gatito).

Antes de explicar el evento, quiero manifestar, como animalista, mi más enérgica protesta por la utilización de un lindo gatito para tan inquietante experimento. 

Se trata de un experimento teórico, mental, que patentiza la naturaleza paradójica de la mecánica cuántica y su indeterminismo, establecidos en la Interpretación de Copenhague. El autor de la cosa fue el gran físico austriaco Erwin Schrödinger , un tipo que tenía un pie en el cubo de la cuántica y otro fuera; además, estaba como una cabra.

Procedamos. Se coge un gato en perfecto estado, a ser posible negro (por aquello de la magia demoniaca), y se le encierra en una caja. En el interior de la caja se ha dispuesto un mecanismo que puede desparramar por la caja el potente veneno gaseoso que contiene una probeta sellada. El mecanismo que determina si el gas se difunde o no (y mata o no al gato con sus vapores tóxicos) está sujeto a la ley de probabilidades: el impacto o no de un electrón (un fenómeno cuántico donde los haya) en el percutor que activa el letal artilugio. Antes de continuar con el prodigio hay que dejar claro que en física cuántica es imposible determinar previamente si el electrón que dirigimos hacia el percutor impactará en él; solo podemos determinar las probabilidades de que eso ocurra. Además, debemos saber que en ese proceloso submundo, una partícula presenta la propiedad de la superposición, esto es, que puede presentar dos características o posiciones diferentes simultaneamente. (¡La jodimos, timonel!). Por tanto, sin abrir la caja (que está herméticamente cerrada) es imposible saber si el electrón ha impactado en el percutor. Solo se pueden calcular las probabilidades de que ocurra el fatal suceso: 50% que sí y otro 50% que no. 

Hasta que no se quite la tapa de la caja no se puede saber si el tierno minino está vivo o muerto. Hasta aquí todo correcto, ¿sí? Pues no. Según Bohr y su banda de Copenhague, hasta que no se abra la caja el gato presenta los dos estados a la vez: vivo y muerto. Pues gracias a la superposición cuántica el electrón choca contra el percutor y lo acciona,  el gas se extiende y mata al gato, y simultaneamente no choca contra el percutor y el gato continúa fresco como una rosa. Una situación alucinante, si se me permite la expresión, pero que está avalada por una ecuación de función de onda de probabilidad, en la que coexisten ambas realidades -sí, realidades- al mismo tiempo. Solo cuando se abre la caja, se produce un colapso cuántico y se materializa una de las dos posibilidades.

Bueno, el sentido común (un mecanismo mental muy peligroso en física cuántica) nos dice que el gato estará vivo o muerto ya antes de abrir la caja; no vivo y muerto. Ya que un gato, un ser de tamaño y masa considerable, no puede ser representado por una función de onda, que es la que posibilita la dualidad. Además, el gato, a diferencia de las partículas subatómicas, está conectado con el mundo que le rodea; todo lo cual imposibilitan esa superposición de estados en un mismo objeto. Es el fenómeno conocido como decoherencia, que postula que lo que sucede en el mundo cuántico (en este caso la superposición y el indeterminismo), no tiene paralelismo en el mundo en que nos movemos (¡por suerte!).

Con todo, todavía incomoda hoy día el ejercicio de Schrödinger; y pone sobre la mesa del debate los aspectos más surrealistas de la física cuántica, que es adónde quería llegar el austriaco con su paradoja. Además, ejemplifica magníficamente la abismal diferencia entre el comportamiento de las partículas y el de los seres voluminosos (y peludos). Bonito, ¿eh? ¿Alguna duda? Pues ahí les dejo un vídeo que lo explica mejor que yo: 

https://www.youtube.com/watch?v=JC9A_E5kg7Y

Mañana más  (o la semana que viene…).

 

 

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Sobre l'autor

imatge de salmar
Salvador Martínez. Jubilado inquieto y curioso, que se pasea por una de las más apasionantes fronteras del conocimiento humano. Ante notario ha dejado escrita la frase que debe esculpirse en su lápida funeraria: "Aquí yace un tipo que dedicó su vida a comprender este mundo y sus alrededores. Fracasó."
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