Opinió

Miedos en el horizonte

Por Lluís Foix

El miedo se percibe sobre lo que no ha ocurrido todavía. No solemos tener miedo del presente, del momento concreto en que vivimos, de las amenazas que se pueden cernir sobre cualquiera de nosotros en cualquier circunstancia actual.

Pero el miedo existe y nos impulsa a actuar. Haciendo lo que sea para evitar una catástrofe previsible o bien inmovilizarnos en el caparazón de nuestra cotidianidad sin hacer nada.

Europa tiene dos motivos de temor que, de alguna manera, ya los encontramos en nuestra vida ordinaria. El primero es el drama de miles de personas que huyen del hambre, de la guerra, de la persecución política, religiosa o étnica y que arriesgan sus vidas para salir del infierno. Entran por las costas mediterráneas, por las fronteras del Este, por el pasadizo entre Serbia y Hungría para encontrar amparo en Europa.

Y Europa dedica miles de millones para salvar el sistema financiero de este o de aquel país en crisis pero, sin embargo, sólo destina unos miles de euros para encontrar una salida digna a los que llaman desesperadamente a la puerta de Europa.

Falta generosidad. Los gobiernos no quieren favorecer la acogida masiva de recién llegados para no verse perjudicados en las próximas elecciones. Los partidos xenófobos crecen gradualmente en la gran mayoría de países europeos. Es un crecimiento que procede del miedo al otro, al extranjero, al que llega con lo puesto.

No es fácil una solución. Pero Europa debe hacer honor a su respeto por las minorías, los desprotegidos, los que llaman a sus puertas desesperadamente. Europa no tiene ejércitos ni puede controlar el mundo. Pero sí que puede añadir una dosis de humanismo hacia los que llegan con lo puesto.

Los peligros de la acogida son evidentes. Pero las consecuencias de integrar a cuantos huyen de la persecución y el hambre no son sólo negativas. Hay que tratar con respeto a cuantos llegan. No se puede pisotear su dignidad.

La seguridad total no existe en ninguna parte. El otro motivo justificado de miedo es el avance sistemático del Estado Islámico desde las tierras de Iraq y Siria hacia el norte de África y el este de Turquía. Europa no puede mirar con pasividad cuanto ocurre con estos fanáticos de la destrucción de todo lo que sea occidental. Y mucho menos combatir a los que matan indiscriminadamente porque no piensan como ellos o son occidentales.

Estos dos temores, el extranjero y la violencia fanática, tienen su base en Oriente Próximo. La respuesta militar como única alternativa no ha dado resultados. Al Estado Islámico habrá que combatirlo con la fuerza. Pero a tantos millones de personas que son amenazadas por esos talibanes sin misericordia ni entrañas, se les puede proteger con ayuda económica, educación y ayuda diplomática.

Si no actuamos con más inteligencia, el miedo puede llegar a ser insoportable y nos puede llevar a responder de forma desproporcionada e inútil.

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