¡Por fin una dieta que funciona!

¡Por fin una dieta que funciona!

diumenge 28 d'abril 2019 - 16:45 a dijous 23 d'abril 3333 - 00:30
¡Por fin una dieta que funciona!

(En esta bonita foto se ve al doctor Hannibal Lecter con un bonito dispositivo anti-mordiscos. Él sí que sigue la paleo-dieta, pues se ha comido a unas 17 personas. Exquisitamente cocinadas, eso sí. Los de la paleo-dieta se olvidan de que nuestros ancestros también comían carne humana cuando la cosa acuciaba y el potencial comido se ponía a tiro. Bueno, no doy más pistas porque esos dietistas son capaces de empezar a cazar vecinos/cuñaos para zampárselos).

Lo de las herramientas, com o apunté en el artículo anterior, es fundacional. Empezamos a hacer herramientas para suplir lo que no nos dio la Evolución biológica (Eudald Carbonell, uno de mis paleoantropólogos de cabecera). No tenemos una dentadura capaz de morder a otros bichos y matarlos. Tampoco podemos acabar con una presa grande a puñetazos. Menos aún estrangular a un mamut. Para cazar y sobrevivir necesitamos objetos fabricados que corrijan esas carencias. No podemos matar un bicho grande a puñetazos, pero sí con una lanza o un hacha.

Las herramientas son, pues, una prolongación y amplificación de nuestras capacidades naturales; que nos permiten sobrevivir en medios hostiles. Con ellas empieza la Evolución cultural. Mediante la fabricación de objetos que nos ayudan a ser aptos, exitosos, en los distintos medios en los que nos dimos de morros. A disponer de unas ventajas que la madre (prostituta) Naturaleza nos negó. Por ello, es tan vital su producción; gracias a unas manos ágiles y multiusos, liberadas de la función locomotora. Esas manos empiezan a conectarse con un cerebro en expansión cualitativa y cuantitativa, del que reciben órdenes.

Es bastante razonable afirmar que el hábilis pensaba poco. Un cierto pensamiento no demasiado elaborado y complejo en base a las simples y básicas relaciones sociales que mantenía con los componentes del grupo, sí que debía poseerlo. También debía disponer de cierta inteligencia natural, sobre el conocimiento y expectativas del medio. Pero poco más. Y, por supuesto, debería transmitir esos básicos conocimientos a través de un lenguaje vocálico ni muy extenso ni complejo: ¡Oooh! (traducción de Google: “Qué jamona estás, mozuela”);  ¡aaah! (traducción: “Te he pillado con las piedras en la masa”); ¡aaay! (“Deja de chafarme el callo con ese palo”). Tampoco hay duda de que dentro del conocimiento social y la comunicación con el grupo, verbal o no, las relaciones sexuales y el acceso a las señoritas fértiles debería ocupar un papel relevante; así como la obtención, el manejo y distribución de la carne. Su consumo –en forma de carroña, fundamentalmente- es vital para dar energía extra al cerebro y expandirlo. Es de suponer que  más adelante empezaron a cazar en grupo, lo que reafirmaría su sociabilidad y su inteligencia social.

Recuerdo a los simpáticos vegetarianos que de serie estamos diseñados para comer todo lo que nos echen. Lo cual no deja de ser una gran ventaja evolutiva. Y, en efecto, diversas mutaciones génicas nos permitieron comer grasa y procesarla sin que fuera directamente a las arterias, como le pasaría a cualquier herbívoro.

No faltan, ¡cómo no!, los expertos que se apuntan al bombardeo de la comida y organizan mil y una actualizaciones del modo de vida de los humanos del Paleolítico. De esta manera, ha aparecido, por ejemplo, la paleodieta. En síntesis: comer lo que comían nuestros primeros ancestros, ya que eso es lo natural.  Y exponen toda una batería argumental pseudo-científica para avalar la bondad de sus recomendaciones: nuestro genoma, consolidado tras millones de años, está adaptado para procesar una dieta muy concreta. La cual hemos prostituido con nuestras costumbres alejadas de la Naturaleza. Hay que volver a los orígenes, que son los buenos y saludables. ¿Qué te quieres tomar un cafelito?, pues no, que en el Paleolítico Inferior eso no se tomaba. ¿Y unas sardinitas a la brasa/espetón? Nada, tampoco. Que los paleolíticos no las comían. ¿Y una escudella? Ni de coña: lleva garbanzos: caca. Bueno, un bocata de jamón sí que estará permitido, ¿verdad? Ni por asomo.

Sade Adu, Sade, cantó unas hermosas baladas rebosantes de amor y ternura. Una mujer con una elegancia natural nada corriente. Por cierto, vivió en Madrid unos años, ya que se casó con un español.

https://www.youtube.com/watch?v=xcJ-VHG090o

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Sobre l'autor

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Salvador Martínez. Jubilado inquieto y curioso, que se pasea por una de las más apasionantes fronteras del conocimiento humano. Ante notario ha dejado escrita la frase que debe esculpirse en su lápida funeraria: "Aquí yace un tipo que dedicó su vida a comprender este mundo y sus alrededores. Fracasó." Y otra debajo: "Es la primera vez que hago un viaje sin tener ni idea de adónde voy"
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